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OTROS LIBROS:

.Dos mitades en la oscuridad.
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miércoles, 15 de enero de 2014

capítulo 24 de "Amor entre las sombras"

Allá va el siguiente. Espero que guste!!!! Abrazos
 
Capítulo 24


                                          I 

La vocecilla de Mere preguntando si todo iba bien le oprimía el pecho. Ojalá lo supiera. Ojalá supiera qué hacer pero era su instinto el que lo guiaba.

─No.

Sintió la mirada de Rob sobre el lateral del rostro. Maldita sea, sudaba como si estuviera en pleno infierno. Con un veloz movimiento se limpió el sudor con la manga de la camisa. Ni siquiera se había dado cuenta que se había quitado la chaqueta.

─No empujes, Mere. Espera un poco. Cuando llegué de nuevo la oleada…
     ─¡No puedo!
     ─Si puedes. Tú puedes.

Le temblaban las manos. ¿Era normal tanta sangre en un parto? ¿Era normal…? Tragó saliva. Sintió antes de escuchar la aspiración brusca de aire de la mujer que había dejado de lado el miedo para luchar como una leona y traer al mundo a su bebé. Por un segundo sus miradas se cruzaron y los redondos ojos castaños brillaban de confianza. En él.

Alzó otro poco la falda mientras escuchaba la ristra de palabras emanar de boca del canijo. No sabía cómo lo hacía pero el tono de histeria se había relajado y el que surgía ahora les tranquilizaba. Casi canturreaba y por primera vez en su vida, Rob no desafinaba. Debía tener la mano dolorida por la suave mueca que se apreciaba en su boca. Con cada pico de dolor Mere se la estrujaba. Y un condenado parto dolía. A morir.

De reojo miró de nuevo hacia el exterior. Le parecía que había pasado una eternidad desde la espantada del cochero y nadie llegaba en su ayuda.

Contra la palma de su mano sintió algo redondo, húmedo y cálido. Creyó que su corazón se detenía. El bebé de Mere. Su cabecita.

─¡Ahora, Mere! ¡Ahora!

Tan rápido. Tanto que apenas le dio tiempo a aferrar el trocito de vida que acababa de nacer.

Una bocanada de aire llenó sus pulmones al escuchar el furioso y hermoso llanto del bebé. ¡Dios! Era precioso escucharlo. Le contó los dedos de manos y pies. Veinte y todos en su sitio. Había leído en alguna ocasión que eso era lo que debía hacerse, ¿no?

Un niño. Tan apabullante y expresivo como su madre. Lo envolvió en su chaqueta para resguardarlo del frío e inició el gesto de posarlo sobre el pecho de su madre pero Mere no se movió. ¿Por qué no se movía? Sus brazos se congelaron en el aire con su diminuta carga. Escuchó la voz de Rob a su lado, increíblemente tensa susurrando un, ¿Mere, qué pasa? ¿Mere?

─Algo va mal, Peter.

No. No… No. Rob no sabía lo que decía.

Tenían al bebé. Nada podía ir mal. Lo habían conseguido pero la vocecilla de Mere decía lo contrario.

─Necesito… empujar.

Deseo gritar que ya había tenido al bebé, que no necesitaba empujar más, que había perdido demasiada sangre. Que no le hiciera eso. Por favor…

Todo se fue al infierno en un maldito segundo. El grito de Mere lo hizo reaccionar. Dejó al pequeño en los brazos en los que sabía que estaría a salvo y se juró a si mismo que no perdería a esa pequeña mujer que lo había arriesgado todo por ellos. Se posicionó de nuevo entre los suaves muslos y rodeó con la palma de su mano el sudoroso rostro.

─No permitiré que te pase nada, Mere. Ni a ti ni a tu pequeño. ¿Me oyes? 

Un suave sollozo fue la respuesta femenina y a él le valió.

Intuía lo que estaba pasando y su mente recordó las suaves palabras que había escuchado repetir a Titus, murmurando consigo mismo cuando se sentía relajado al recorrer los pasillos de su nuevo hogar y la manera en que seguía a Mere con la mirada, como si deseara protegerla de algo que ella no imaginaba. Demasiado redonda. La señora Mere está demasiado redonda.

Debió prestar más atención al gigante.

¡Diablos! Eran más de uno. Más de un bebé. Si no fuera por la condenada situación se hubiera desmayado bien a gusto. Rob canturreaba al pequeño entre gallos y gorgoritos ubicado en una esquina del interior del coche. Le decía que todo iba bien, que su madre estaba en las mejores manos. Por un momento a punto estuvo de gritarle que callara. Que eso no lo sabía. Que podían perderla e igual el crío entendía lo que decía. Demasiada responsabilidad. Demasiado miedo. Demasiada… sangre.

─Peter…

Esos ojos redondos le miraban como si él supiera lo que debía hacer. Dios, no lo pensó.

─Empuja cuando llegue el dolor, Mere. Cuando llegue, estaré esperando.

Apenas fueron necesarios más de unos pocos segundos. Lo sintió en la presión de sus dedos. En la fuerza que ejercía Mere al rodearlos con los suyos.

Llegaba el momento.

Unos pasos se detuvieron en el exterior del coche de caballos.

                                         
                                          .........................................

Los compañeros en el cuerpo de policía le miraban con curiosidad unos, con ira otros y con rabia la mayoría. Le culpaban de la desaparición de Scott Glenn y la asociaban con la de los agentes Roberts y james. De alguna manera el condenado había logrado girar las tornas a su favor. Nadie se hacía preguntas. A nadie le extrañaba que el nombre de Elora Robbins no apareciera en el libro registro de entrada pese a las declaraciones del resto de detenidos. De él, sencillamente se mofaban. A la cara. Ni siquiera intentaban disimular.

Sin constancia oficial, no había ocurrido. Menudo chiste.

Ignorando las miradas y los gestos de burla de un par de agentes, se dirigió a las escaleras de camino al despacho de Ross para esperarle cuando lo escuchó. Había llegado una carta a su nombre y debía ser entregada en mano. Estupendo. Más problemas, aparte de los ya existentes.

La comisaría se asemejaba a un polvorín y la ciudad se estaba volviendo loca de atar. Secuestros, homicidios y brutales asesinatos. Los agentes formaban corrillos en la entrada de la central y hablaban del último asesinato. El de un joven celador en un edificio público. Lo habían destrozado a golpes con un objeto romo. Mostraba señales defensivas pero de nada habían servido.

Un par de inspectores se habían hecho cargo del caso por indicación del agente Strandler y habían acudido a recabar cuanta información se pudiera obtener antes de la reunión de agentes a celebrar a media mañana. Tras su vuelta se decidiría cómo actuar. En ausencia de Ross, éste tenía orden de organizar la asignación de tareas. Por algún motivo su mejor amigo confiaba en el veterano agente y eso le valía a él. Confiaba a ciegas en el instinto de Ross.

Con el sobre en la mano comenzó de nuevo el ascenso de las escaleras en medio de carreras y gritos de otros policías. Cerró la puerta del despacho tras de sí y aspiró profundamente. Algo de paz, al fin. La habitación olía levemente a Ross. De golpe dejó caer su peso en una de las sillas y trató de aparcar las idioteces que le venían a la cabeza. Había organizado una cita con Melody en un par de días y no pensaba desperdiciar esta última oportunidad.

Con brusquedad abrió el sobre y desplegó la hoja que contenía. Reconoció la hermosa letra al instante y se tensó.

 

Clive, apenas dispongo de tiempo para escribirte pero he dado orden que esta carta sea entregada en mano. 

Tienen a mi abuela. El maldito tiene a mi abuela. Seguramente en Londres. Vuelvo de camino a la ciudad pero no me extrañaría que me emboscaran. Si no he llegado pasada la media mañana da la alarma. 

Piaret trabaja para Saxton. De alguna manera están relacionados y creo que tiene que ver con los bebés. A eso se refería Titus con lo de los bebés con daño. Era su forma de intentar hacerse entender. Tenía que referirse a malformaciones óseas. Críos con deformidades en los huesos. Y esa es la especialidad de Colin Piaret. Ese hombre los necesita para algo. Los que nacen sanos son vendidos a familias ricas a cambio de pequeñas fortunas.
 

Con la captura de los Bray descubrimos una pequeña parte de lo que ocultan pero esto va más allá, Clive. Mucho más. Se están tomando demasiadas molestias para ocultarlo. Creo que el secuestro de parejas durante los últimos meses, quizá años, es por eso. Mujeres embarazadas con antecedentes de malformaciones en la familia. Las secuestran y esperan a que nazcan los bebés. El objetivo son ellas y sus bebés. Los hombres son daños colaterales sin importancia y los usan en las peleas clandestinas. ¿Qué hombre no pelearía sabiendo que tienen a su mujer y su hijo no nato secuestrados? Ninguno. Ellos no tienen otra salida que pelear y perder la vida por aquellos que aman. 

No es un simple caso de tráfico de bebés.

Creo que eso fue lo que ocurrió con Claire Robbins y su familia. Con el marido de Elora Robbins.  Los antecedentes de malformaciones en la familia Robbins los condenaron. Siempre recabo toda la información disponible de aquellos con los que trabajo. Sé lo que me dirías de estar aquí conmigo pero no lo estás, así que deja de murmurar. ¿No sufría de algún tipo de deformidad uno de los críos de Elora? Uno de sus gemelos. Por alguna razón me tiene inquieto esa información. Pon a Sorenson sobre aviso. Quizá sea algo excesivo pero mi instinto me dice que esos críos están en peligro. Y quizá también Elora Robbins. Que los vigilen estrechamente. No esperes a que esté de vuelta para organizarlo. Lo dejo en tus manos. 

Tiene que ser eso, Clive. Lo que no termino de comprender es qué recibe Saxton a cambio.  Puede que me equivoque pero algo me dice que es el camino correcto.

Mi abuela sufre de esa misma dolencia. Tiene los huesos destrozados, amigo. La trataba Colin Piaret y yo lo desconocía. Ese malnacido nos engañó desde el principio haciéndose pasar por víctima de Saxton. Consiguió dar acceso ese monstruo a mi hogar y a mi abuela.
 
Cuando Peter y Rob Norris interrogaron a Piaret, éste les dio una pista que sabía que yo seguiría, tarde o temprano. Las cuevas, la torre y las águilas. Es el escudo de mi familia, Clive. El maldito blasón familiar. Las cuevas al fondo, la torre y las águilas sobrevolándola. Una condenada trampa para alejarme de la ciudad y he caído como un novato. En cuanto nos veamos te daré más datos pero el maldito me lleva ventaja. Demasiada.

Es peligroso, Clive. Mucho. Nos conoce y eso le proporciona una ventaja de la que nosotros carecemos.

Llevo días dándole vueltas y hoy encajó otra pieza. El día que descubrí el rastro de sangre en nuestra comisaría, en el patio trasero de caballos, éste iba de vuelta al interior del edificio. No tiene sentido si los agentes James y Roberts querían escapar. ¿Escapar hacia el interior? ¿Hacia una trampa? No. Si volvieron al interior y las gotas de sangre que vi en la escalera lo demuestran fue porque había algo en el edificio que necesitaban recoger o bien ocultar. Quizá su libreta con los datos de la investigación de la agresión al carnicero. Quizá otra cosa. Las gotas de sangre señalaban en dirección al piso superior. Mi despacho está ahí. Si llegas antes que yo, no dudes en mirar. Revuelve hasta el último rincón.

Esos muchachos están muertos, Clive y me siento responsable. Debí escucharles cuando tuve oportunidad. Ahora es tarde.

Una última cosa. Nuestra conversación sobre lo que ocurrió en la taberna y en tu hogar la otra noche. Olvídalo. Es agua pasada. Y el alcohol a veces nos juega malos ratos. Incluso con los buenos amigos. Me alegro que hayas encontrado a una mujer con la que compartir tu vida. Supongo que cualquier hombre desearía lo mismo.

 
Nos vemos en Londres, amigo mío.

 
Ross Torchwell  


El papel comenzó a temblar al ritmo de sus manos. Era casi media mañana y aún no había rastro de Ross en las inmediaciones. Se le encrespó el cabello y el pulso se le aceleró. Dios santo… condenado terco.

Tenía sentido. Todo comenzaba a cobrar sentido. Todo menos el hecho de que la muerte de los muchachos fuera culpa de Ross. Era un terca cabeza hueca pero ya estaba él para aclarársela a base de mandobles, de ser necesario. Dobló con delicadeza el papel y lo guardó en su bolsillo.

Las últimas frases de la carta se repetían en su mente. Ross le daba una salida a la tensión que se había creado entre ellos. Una maldita salida a un embrollo que le asfixiaba.

¡Maldita sea! Si hubiera recibido la carta unas horas antes, quizá Elora Robbins no hubiera desaparecido. Y era cierto. La mujer tenía dos niños. Uno de ellos, enfermo.

Con rapidez garabateó unas pocas palabras dirigidas a Sorenson. Debían proteger a los pequeños. De seguido al hogar del matrimonio Aitor, poniéndoles al tanto de la nueva información e indicándoles que él llegaría poco después, tras reunirse con Ross. Se negaba a plantearse la posibilidad de que su mejor amigo no volviera sano y salvo.

Meredith, Peter y Rob ya habrían llegado al hogar de la primera y dejado sana y salva a la pequeña mujer entre los amorosos brazos de sus padres y hermanos. John no tardaría en volver de su reunión con un miembro de la Junta metropolitana de Obras Públicas que conocía desde hacía años, acompañado de Doyle. No había sido posible posponerla ya que ese hombre salía de la ciudad en un par de horas y necesitaban la información. Información sobre qué demonios estaba ocurriendo con el mercado de ganado.

Eso era lo que carecía de sentido tras recibir la información de Ross. ¿Qué diablos relacionaba el mercado de ganado de Smithfield con Colin Piaret y los bebés?

La agria mirada en el rostro John no le extrañaba al haber tenido que separarse de su señora y menos estando ésta en avanzado estado de gestación. Al menos Meredith Evers estaba en buenas manos, con Rob y Peter Brandon. Julia había tenido que quedarse al cuidado de su niña y el resto habían optado por permanecer reunidos ultimando los detalles de la incursión en el hospital de San Bartolomé.

Esperaría un poco más a que llegara Ross. Si daba la alarma y de repente aparecía el superintendente lo tacharían de idiota redomado, más teniendo en cuenta que ambos no hacían demasiadas migas. Le daba media hora, a lo sumo. Tiempo suficiente para repasar todos los recovecos del despacho, del suelo al techo.

Si conseguía concentrarse y tragar el maldito nudo en su garganta. Si le pasara algo a Ross…

Si le pasara algo, no estaba seguro de poder superarlo.

                                   .......................................................                                       


El alivio fue indescriptible.

La caballería acababa de llamar a su puerta en el mismo segundo en que el segundo pedacito de vida caía entre sus manos. Se sentía pegajoso y… emocionado pero bastaron cinco segundos para que el aliento se le congelara en el pecho. Con angustia miró en dirección a Rob pero la escasa luz solo le ofrecía el perfil de su cara. Tan tensa…

El silencio era brumador.

No se le ocurrió otra cosa cuando el bebé no se puso a llorar de inmediato como su gemelo. Su cuerpo reaccionó pese a que le dio la sensación de que su mente quedaba en blanco. El pequeño no respiraba. Al igual que hacía con la pequeña Rose cuando estaba inquieta, colocó al bebé boca abajo sobre su antebrazo y le dio unos suaves golpecitos en la diminuta espalda. Sentir la mirada angustiada de Mere sobre él casi lo mató. Debía respirar. Debía…

Repitió la tanda de golpes. Suaves pero firmes. Por favor… Debía vivir.

Nada.

El silencio se rompió con la ahogada vocecilla de Mere suplicándole que hiciera algo y la de Rob, completamente rasgada, diciéndole que lo intentara de nuevo. Que no parara.

Lo hizo.

El gemido parecido al de un maullido llegó en el mismo instante en que la puerta se abrió de golpe y con ella la aparición de tres rostros. La madre de Mere, Julia y detrás la del doctor Brewer.

Comenzó a temblar. Perdió la fuerza de los brazos y con la mirada suplicó que cogieran al bebé. Que se le caía. Que… ¡Diablos!, que estaba a punto de desmayarse. Escuchó en la lejanía el grito de Rob, los llantos unidos de los bebés, la agotada risa de Mere, la exclamación de asombro y felicidad de Julia y el murmullo apreciativo del médico.

Solo entonces se permitió respirar de nuevo. Tras sentir el calor y el suave movimiento en el pecho del pequeño cuerpo.

Repentinamente se sintió muy pesado. ¿Por qué se acercaba la desnuda rodilla de Mere a su cara a gran velocidad? ¿Y por qué demonios chillaba Rob su nombre como una desmelenada verdulera? No sentía pies y manos ¿Por qué se estaba oscureciendo todo a su alrededor si era de día y…?

Diablos, se estaba escorando.

                                  .....................................................
 

            Le costaba olvidar las redondas caritas de los bebés pero, sobre todo, tenía grabada en la memoria la mirada de Mere. Llena y hermosa.

Posó la vista en el hombre que permanecía totalmente ajeno al tumulto organizado con su repentino desmayo. No pudo evitar sonreír. Amaba a Peter con toda su alma. No lo habrían superado de no ser por él y esa innata tenacidad. Prometió que nada malo ocurriría y había cumplido. Después había caído redondo al suelo del carruaje como un fardo en una posición un tanto estrambótica. Con la cara contra la pierna desnuda de Mere y roncando como un búfalo. Ahora estaba tumbado sobre una superficie mullida. El tresillo ubicado en medio de la sala de estar de la mansión Aitor. Les había costado Dios y ayuda trasladarlo porque se asemejaba a un peso muerto en toda regla y Mere se negada en redondo a perderlo de vista. Desmadejado, colorado y como un leño. Merecido tenía el descanso. No iba a perderle de vista hasta que esos ojos negros se clavaran una vez más en él.

Peter llevaba perdido en el mundo de los sueños un buen rato. El tiempo suficiente para que trasladaran a la madre, hijos y a la desfondada comadrona masculina a casa de Mere y John. En esos momentos los primeros eran atendidos por un profesional en toda regla aunque en cuanto Peter despertara le trasladaría las palabras del buen doctor.

En lugar de instalar a Peter en una de las habitaciones para invitados al final optaron por acomodarlo en el piso inferior, bajo su vigilancia. Tendido cuan largo era en el sillón, él permanecía sentado junto a sus pies, a la espera.

            El suave gruñido le sonó a gloria. La mirada algo perdida de esos ojos le reblandeció por dentro. Antes de que Peter preguntara, contestó.

─Están bien. La madre y los hijos. Lo lograste.

Le encantaba la lluvia de emociones que esos ojos eran capaces de mostrar. Tan hermoso. No pudo evitarlo.

─Eres una comadrona de primera, Peter Brandon.

El suave gruñido le arrancó una sonrisa. La oscura cabeza se giró repasando la estancia.

─¿Qué hora es?

─Pasado el mediodía.

─¿Qué hacemos aquí?

─Te desmay…

El inmenso corpachón se incorporó levemente y frunció el ceño.

─¡De eso nada!

─¿Ah, no? Pues para estar en pleno uso de tus facultades, tus extremidades parecían blandengue gelatina.

Los colores se acentuaron en el duro rostro.

─Es la primera vez, ¿verdad?

Silencio absoluto.

─No te apures, grandullón. Siempre hay una primera vez para todo, incluso para desmay…

─¡Rob!

─Un desmayo bien merecido, todo hay que decirlo pero desmayo al fin y a la postr…

Unos suaves labios detuvieron su parrafada. Unos labios conocidos. Si no fuera por las circunstancias y por el susto que todavía no había conseguido quitar del todo, se lo comería a besos. Sonrió recordando las palabras del doctor.

─Y que sepas que el Dr. Brewer está dispuesto a contratarte de asistente a parturientas pero creo que el… ligero vahído le ha hecho reconsiderar su propuesta.

El brillo en esos ojos negros no le amilanó.

─Creo que cambio de opinión cuando tu nariz chocó contra la rodilla de Mere. Seguro que le sale un pequeño moratón. Tienes una nariz grande, amigo mío. También cuando tuvo que ayudar a cargarte. Pesas bastante. Mucho ─ Las cejas oscuras se enarcaron─ Bueno, algo.

El ceño no se relajó.

─Aunque cuando estás despierto pesas menos. Que conste que se lo dije al doctor.

El rostro de Peter mostró una ligera sonrisilla.

─Lo sé de buena tinta.

Una sonrisa de oreja a oreja.

─¡No me refiero a eso, Peter!

Una suave carcajada.

Dios, ¿acaso no podía callar la boca y dejar de avergonzarse a sí mismo? Al parecer no y el caso es que le daba igual. Con él, le daba igual.

            Antes de que Peter se alejara de él para terminar de incorporarse depositó un suave beso en esos llenos labios y le susurró suave.

─Gracias.

Los oscuros ojos de Peter le miraron interrogantes.

─¿Por qué?

─Por lo que hiciste. Por salvarlos. Por sacar fuerzas.

─Tú hubieras hecho lo mismo, canijo.

─Peter, me dediqué a cantar histérico al son de los gritos de Mere.

Una ligera sonrisa cubrió de nuevo la boca de Peter.

─Puede pero tus cánticos gangosos y desquiciados nos tranquilizaron en plena locura. A Mere la distrajeron y los bebés contestaron a su manera. Berreando a pleno pulmón.

─¿Me tomas el pelo?

─¿Tú qué crees, canijo?

Fue a contestar que sí, que él también le tomaría el pelo si estuviera en su piel pero la serena voz le detuvo un segundo. Hablaba en serio. Peter hablaba en serio.

─Además, tú no te… ya sabes – susurró Peter.

─¿Yo no qué?

─Tú no te… lo que empieza por la letra de.

─¿Desmayé?

─¡No me desmayé! ¡Me dormí consciente en todo momento de lo que hacía!

─Lo que tú digas, Peter.

─Ahora eres condescendiente.

─¿Yo? Jamás. Si quieres te canturreo un poco para tranquilizarte. Sosiego a parturientas y recién nacidos. Soy todo un tesoro.

Le encantaba esa ronca risa que surgía de ese pecho. Fue a acercarse a ese rostro para darle otro beso pero unos toques a la puerta de entrada le detuvieron.

Peter se incorporó hasta quedar sentado en el borde del asiento. La figura que apareció al abrirse la puerta no era la esperada. El pecoso rostro de Clive parecía demacrado y su mano sujetaba algo con desesperación. Le seguía Doyle  y la seriedad en su expresión tampoco auguraba nada bueno.

Al unísono él y Peter se levantaron, enfrentándose a los recién llegados.

─¿Qué ocurre?

Fue Doyle quien contestó, tras entrar ambos en la habitación.

─No podemos esperar a mañana para entrar en San Bartolomé. Tiene que ser hoy. En el turno de tarde o de noche.

                                 ...................................................................

            La cabeza le iba a estallar. Había organizado un maldito fortín para proteger a los críos de Elora. La nota garabateada de Clive Stevens que le había entregado Sampson poco antes de salir hacia el hospital de Bethlem le había trastocado los planes. No… Tan solo retrasado. Eso sin contar con los condenados minutos perdidos en intentar descifrarla debido a la horrible letra del policía.

            Había pagado una pequeña fortuna a un médico, a un enfermero y a un celador para obtener información y acceso a lo que buscaban. El dinero abría puertas y montañas y para él nada significaba en esos momentos salvo para ser el medio de lograr lo que quería. Si era necesario emplearía las mismas armas que su enemigo aunque su alma se pudriera por el camino. Por ella valía la pena. Sólo por ella. 

Al otro lado del tabique que separaba su despacho de la habitación contigua en la que a veces dormía, cuando pocas horas quedaban para el amanecer e ir y volver a casa era una pérdida de tiempo, escuchó sus vocecillas. Los pequeños estaban asustados. Preguntaban por su madre y él… él no podía dejar de pensar que las últimas palabras dirigidas a Elora habían sido gritando enfurecido.

Sencillamente no podía plantearse la posibilidad de que no estuviera bien, llena de vida y fuerza. Les había contado a los pequeños un cuento totalmente chapucero que ni una criatura menor de un año se creería y ellos tan solo le habían mirado con fijeza y sonreído. Que Elora se había perdido al norte de la ciudad. Como si les valiera con eso. ¡Maldita sea! Los había dejado con el viejo Lucas y su maravillosa mano con los niños.

─Jefe, estamos preparados.

Se volvió al escuchar las palabras de Sampson y se dirigió hacia el armario en el que guardaba a buen recaudo sus armas. No saldrían de Bethlem sin respuestas o sin lo que fuera que guardaban allí. Si era Claire Robbins, la traerían de vuelta de entre los muertos. Si era otra cosa, tampoco la dejarían atrás. 

─Jefe.

La duda llenaba la voz del viejo. Juró por lo bajo, en silencio. Nunca debió recriminarles. Nunca, ya que era él el culpable de haber perdido a Elora. Él estaba allí y ese malnacido se la arrancó de entre las manos. No conseguía borrar sus palabras de la memoria. Ella es mía ahora.  Se sucedían una y otra vez en su mente. Se miró la mano derecha envuelta en vendajes. En su imaginación el barrote había caído a tiempo para salvarla. Para estrecharla entre sus brazos y susurrarle que estaba a salvo. Para… Apretó los dientes y cerró la maldita mano apenas sintiendo el dolor.

─Bajo en unos minutos, viejo. Reúne a los hombres.

Sampson no dudo y obedeció. Quizá percibía que no era el momento. Respiró hondo y tras colocarse las armas se encaminó a la puerta. Unos pocos pasos le separaban de las infantiles voces que se percibían ahora con claridad. Un puño le apretó el pecho al escuchar.

─El tío Marcus la buscará, ¿verdad, Lucas?

─Sí, hijo y la traerá de vuelta a casa.

Un breve silencio llenó la sala.

─¿Puedo ir yo a salvar a mi mamá?

Dios… Una criatura que apenas levantaba un palmo del suelo y tenía el espíritu de un dragón. El pequeño Evan. Nunca se quejaba salvo en soledad. Nunca lloraba pese a los dolores que sentía en esas pequeñas y debilitadas piernas. Inaguantables a veces y a pesar de ello siempre sonreía. Adoraba a su madre y a su hermana y lo expresaba con ese gesto tan suyo. Alzando la pequeña mano, apartándoles el cabello del rostro y acariciando sus mejillas. El mismo que ahora empleaba con su hermana gemela. Condenada criatura que se había colado en su corazón.

            Con un suave empujón abrió la puerta. Tres pares de ojos se centraron en él. Tragó como pudo el maldito nudo en el cuello y forzó una sonrisa.

La pequeña Katie se abalanzó sobre él y no dudó en alzarla entre sus brazos. Evan quedó quieto sobre el lecho, con esa intensa mirada fija en él.

El crío le preguntaba sin necesidad de palabras. Asintió sin dudar haciendo una promesa que no iba a romper. No esta vez. Con extrema suavidad besó la mejilla de la pequeña antes de posarla junto a su hermano y taparlos con la sábana y mantas. Acarició sus rostros. Una vez. La voz parecía atascada en su garganta pero habló mientras se giraba y encaminaba hacia la salida del cuarto.

─Haced lo que dice el viejo Lucas.

─Tío Marcus…

Se detuvo sin volverse.

─Dime, sapito.

Sentía en su espalda esos ojos redondos tan parecidos a los de su madre que lo miraban como si leyeran su alma.

─Mamá está bien, tío Marcus. No te preocupes.

Apretó lo puños.

─No lo hago, cielo. No lo hago…

                       ................................................................ 

─¿Qué diablos ocurre? – preguntó Peter.

            Clive Stevens se paró de golpe tras entrar como una tromba incontenible en la habitación. Estaba nervioso y no era habitual ese estado en el hombre. A su lado Doyle apenas parecía respirar. La tensión invadía su cuerpo y le recordó el momento previo al inicio de una de las condenadas peleas en las que se vio obligado a participar durante años.

─Son los túneles. ¡Los malditos túneles!

            ¿Qué? Clive hablaba sin sentido. A su lado sintió cómo Peter desviaba el peso de su cuerpo de un pie a otro por lo que se acercó hasta que sus costados se rozaron. Sin apenas darle tiempo a mascar lo que hablaba, su compañero en el cuerpo de policía continuó. Parecía… angustiado.

─Tienen a Ross y a la abuela. Él tenía razón. Toda la razón –Con movimientos erráticos Clive sacudía una pequeña agenda de piel oscurecida en uno de sus lados─ James y Roberts está muertos. La agenda está llena de sangre pero lograron esconderla y…

─Clive.

─… debieron imaginar que Ross la encontraría pero…

─¡Clive!

Los grises ojos de su compañero se entrecerraron.

─¡No tenemos tiempo, Rob! ¡¿Me oíste?! ¡Tienen a Ross! Y es mi culpa. Debía acompañarle. Debí…

Se acercó los pasos que le separaban de Clive y le rodeó el rostro con los dedos de una mano.

─Escúchame.

Respiraba casi con jadeos.

─No entiendes, Rob. Le han…

Apretó los dedos sobre la mandíbula de su compañero clavando la mirada en esos ojos oscurecidos por el miedo. Dios… era miedo lo que reflejaban. Puro miedo.

─Sí entiendo, amigo pero necesitas tranquilizarte. Ahora.

            Las manos de Clive apartaron la suya y se frotó el rostro con una mano, con dureza. Seguía sujetando esa pequeña agenda y una hoja cuidadosamente doblada. Se las pasó por lo que abrió y leyó de corrido el contenido. Reconoció la letra de Ross Torchwell. Hubo de leerla en dos ocasiones antes de pasársela a Peter para que hiciera lo mismo. El juramente de éste surgió en el mismo momento en que la ronca voz de Doyle llenaba la habitación. Ronca pero tranquila. Lo agradeció en el alma ya que necesitaban a alguien capaz de obrar con calma.

─John está arriba con Mere y los bebés. No tardará en bajar pero démosle unos minutos. Cuando recibimos el mensaje de Julia sobre el parto lo dejamos todo y volvimos a la carrera. Tardará en olvidar el… susto y la rabia de no haber estado junto a su mujer.

Peter observó a Doyle antes de doblar la hoja con el mensaje de Torchwell y éste pareció intuir lo que preguntaba. La reunión con el conocido de John.

─Sí, el amigo de John nos dio información y es increíble. Por no decir otra cosa.

─Sigue.

─Quizá debiéramos esperar a que baje John.

Peter contestó sin contemplaciones.

─No. No hay tiempo. Además, él ya dispone de esa información.

Tras un breve gesto de duda Doyle continuó.

─El amigo de John es miembro de la Junta Metropolitana de Obras públicas desde hace unos tres años pero eso no es nuevo. Todo iba bien hasta que, hace unos meses, el Ayuntamiento  decidió sacar a concurso  la gestión del mercado de ganado de West Smithfield. También debía decidirse si se ampliaba manteniendo su ubicación o por contra se clausuraba el actual y trasladaba a otra zona. Poco después comenzaron las presiones a los miembros de la junta. No hablamos de insinuaciones u opiniones sino de coacciones y amenazas en toda regla. Brutales.

─¿De quién?

─Anónimas. Las denunciaron tras pensarlo detenidamente ya que podía suponer un escándalo si salía a la luz

─¿Y?

─Nada. Quedó en agua de borrajas. La policía no se movió demasiado. Les dieron excusas y repetían que el asunto estaba siendo investigado, sin demasiados resultados ─La mirada de Doyle se centró en él─ El caso se llevaba en vuestra comisaría, Rob.

Casi se ahoga al escucharlo. Otra vez. Maldita sea. Sintió la sangre fluir hacia el rostro. Se sentía avergonzado. Siempre se enorgulleció tanto de ser policía. Tanto... Escuchar esas palabras le carcomía por dentro. No supo que decir optando por callar.

─No lo sabías, Rob. Imagino que el anterior superintendente recibió una buena cantidad para ralentizar la investigación.

            Tragó saliva ya que nada suavizaba el golpe ni lo hacía más sencillo de admitir. Siempre creyó en el cuerpo, en sus compañeros, en hacer lo que se debía. En ayudar. Sencillamente, en ayudar a la gente y…

Sintió el roce de los dedos en el dorso de la mano y alzó la mirada. Sus ojos se cruzaron con los de Peter. Leyó en su mirada comprensión y dolor. Mejor que nadie él sabía lo que sentía. Se sentía traicionado. Muy hondo. Otra leve caricia, esta vez en la palma de la mano.

La grave voz de Doyle continuó.

─La situación empeoró cuando uno de los miembros de la Junta murió en extrañas circunstancias. Determinaron que fue muerte natural dada su avanzada edad pero el amigo de John lo duda. Según sus palabras era un hombre saludable y activo. El caso es que era un acérrimo defensor del traslado del mercado de ganado y era uno de los que habían recibido amenazas de muerte.

─¿Qué tiene que ver eso con su muerte?

La clara mirada de Doyle se endureció.

─Con su muerte quedó un cargo vacante en la junta metropolitana, responsable de decidir en última instancia sobre el mercado de ganado. Como era de esperar, no tardaron en nombrar a alguien.

─¿Y? –inquirió Peter.

─ Había dos frentes claros en la pelea. El primero, partidario de clausurar el mercado de ganado alegando crueldad en el manejo de los animales, la suciedad que éste generaba en una zona altamente poblada y la pestilencia que causaba provocando brotes de enfermedades en la ciudadanía. La finalidad era trasladarlo a Copenhagen Fields, en Islington.

─¿El otro?

─Mantener el mercado en su sitio e incluso ampliarlo. Algo sin demasiado sentido teniendo en cuenta las protestas cada vez más intensas.

─¿Qué protestas?

─ Unas semanas antes de la muerte del miembro de la junta la revista de los granjeros  publicó una petición  firmada por banqueros, comerciantes, carniceros y residentes  contra la expansión del mercado. Hicieron panfletos y organizaron manifestaciones en apoyo de la causa. El hombre era un claro defensor de la primera opción y nos consta que se reunió en varias ocasiones con el gremio de carniceros pero la noche a la mañana murió. Qué casualidad, ¿no? Pero lo interesante no es eso sino…

No pudo evitarlo. Interrumpió a Doyle.

─¿A quién se nombró nuevo miembro de la junta?

Los transparentes iris se clavaron en los oscuros de Peter antes de volverse hacia él. Supo la respuesta antes de que Doyle la dijera.

─A un tal Alan Osborne.

Su corazón comenzó a latir con fuerza intuyendo lo que llegaba. La voz de Doyle no dudo al hablar.

─Un desconocido hasta entonces en la administración – el hermano de Peter paró un segundo antes de apretar la mandíbula y continuar─ Tiene que ser Saxton, Rob. Coincide la descripción facilitada por el amigo de John y también su forma de actuar.

Tras una leve pausa, continuó.

─Como consecuencia de las quejas generadas por el gremio de carniceros, entre otros, hace un par de meses se creó una comisión mixta para investigar el estado del suministro de agua y alcantarillado de la ciudad.

La voz de Peter sonó clara en la habitación.

─¿Qué tiene eso que ver con el mercado de ganado de West Smithfield? Es más, ¿qué relación tienen todo esto con el condenado hospital de San Bartolomé y todo este jaleo?

Doyle se removió inquieto antes de contestar.

─Todo. Durante la construcción del mercado de ganado…

No dio tiempo a más al rebotar la puerta de entrada al salón contra la pared. Una figura enorme pero con aspecto agotado recorrió con rapidez la estancia con la vista y dudó unos segundos hasta acercarse a grandes pasos hacia Peter. John no pronunció una sola palabra durante unos segundos mientras permanecía pegado a Peter. Sencillamente lo envolvió entre sus brazos hasta que brotaron las palabras, llenas de emoción.

─Gracias, Peter. Por salvar a mi mujer. Por traer a mis niños con nosotros. Nunca podré pagarlo como quisiera, amigo mío pero…

─No hace falta.

─Algún día…

Tras unos segundos se separaron lentamente, levemente avergonzados y John se dirigió a Doyle y a Clive.

─¿Les habéis contado todo?

─Una parte – el hermano de Peter respiró con fuerza y retomó la palabra─  Como decía, durante la construcción del mercado de ganado bajo sus pies se creó una red de túneles con railes, creando una unión rectangular  con el ferrocarril, entre Blackfriars  y Kings Cross. Llegado un punto los túneles acceden al exterior pero bajo el parque de Smithfields y los alrededores existe una extensa red que creemos que sirve para el transporte de las carcasas de los animales que se sacrifican en el mercado. Siempre se creyó que el único acceso a los túneles era por el depósito ubicado en el sótano del Mercado y la única salida el punto de unión de la red con el exterior. Además, la salida se encuentra permanentemente vigilada por orden del ayuntamiento. Nada que no sean carcasas de animales deben entrar o salir. 

─¿Y? –indagó Peter.

─Creemos que al sacar la gestión del mercado a concurso y crear una comisión de investigación del alcantarillado de la ciudad debido a las quejas de carniceros y comerciantes, tarde o temprano el ayuntamiento tendría que revisar el estado de esa red de túneles.

─Y no interesaba que eso ocurriera.

─Exacto.

Clive tomó la palabra.

─Los agentes James y Roberts descubrieron lo que ocurría. Por eso los mataron.

Cruzó miradas con Peter antes de volverse hacia Clive. Imaginaba lo ocurrido tras leer la nota de Torchwell.

─Encontraste la libreta de su investigación en comisaría, ¿verdad?

─ En el despacho de Ross, bajo la tarima. En un lugar que no llama demasiado la atención si no es tu propio despacho. La mala suerte ha sido que desde que asumió el cargo de superintendente apenas ha permanecido en él. Ross ha acertado en todo –una triste sonrisa curvó la boca de su compañero─  Cuando les asignaron el caso del carnicero apaleado a James y Roberts comenzaron a indagar. Descubrieron que éste era uno de los cabecillas del movimiento en contra de la ampliación del mercado.

Como un fogonazo, en la mente de Rob se dibujó una mesa llena de libros de medicina y papeles. Y entre ellos algo que destacaba por no tener relación con lo anterior. Un arrugado panfleto  en defensa de la clausura del mercado de ganado de West Smithfield. El lugar, el despacho de un médico. El de Colin Piaret. Juró por lo bajo atrayendo las miradas de todos. Maldito traidor… y él, era un torpe. Un descuidado torpe que había dejado de lado una maldita pista, a plena vista. Sacudió la cabeza indicando que más tarde se explicaría y haciendo un gesto hacía Clive para que no parara.

─Blair Burgi era un defensor acérrimo del cierre del mercado o su traslado. Le acosaron y amenazaron y al final lo eliminaron pero lo que no imaginaron era que ese hombre era de los pocos que conocía lo que relacionaba a San Bartolomé con el mercado de ganado y que se lo contaría a los agentes que trataron de protegerlo. Y esa información se la facilitó su hermana, Maura Kennedy. Una simple frase que une al hospital con el mercado y que aparece apuntada en la libreta de James y Roberts. Un dato que les costó la vida a dos mujeres y tres hombres. Y no creo que llegaran a saber el alcance de su importancia.

─¿¡Cual!?

─Hay una segunda entrada a la red de túneles ubicada bajo el mercado de ganado en el condenado hospital. Imaginad dónde puede estar…

            A punto estaba de apremiar a Clive para que lo soltara pero otra condenada tanda de golpes llegó a sus oídos. Insistentes y desprendían una sensación de urgencia. Todas las cabezas se volvieron en dirección a la puerta.

─¿¡Qué diablos pasa ahora!?

El rugido de Peter resumía el sentir de todos. Hizo caso omiso de lo que ocurría fuera de la habitación para volverse de nuevo hacia Clive pero al otro lado de la puerta dos pares de voces comenzaban a alzarse en medio de una discusión. Alguien quería acceder a la mansión pero el pequeño y redondo mayordomo que dirigía la mansión Aitor parecía negarse en redondo.

            John lanzó un resoplido de impaciencia y se dirigió hacia la puerta mientras gritaba en voz alta las misma palabras que acababa de lanzar Peter. No tardó en convertirse el jaleo en silencio mientras Peter, su hermano, Clive y él no apartaban la mirada de la maldita puerta. Algo serio ocurría y su instinto le decía que no era bueno. Se acercó de nuevo a Peter.

            Unos pasos recorrieron el camino de vuelta a la habitación. Solo podía ser John. La oscura cabeza no tardó en aparecer mientras a su espalda se escuchaba de nuevo alboroto. Los recién llegados se estaban agitando.

            No le agradaba para nada la mirada clavada en él. Mostraba sorpresa e inquietud.

─¿Qué ocurre, John? –indagó Doyle.

Nada contestó mientras se encaminaba en dirección a la ventana que daba al exterior. Como mucho ésta distaba del suelo el equivalente a la altura de un hombre adulto.

─No podrá entretenerlos demasiado.

─¿Quién?

─Nuestro mayordomo.

─No, ¿a quién ha de entretener?

John paró unos segundos antes de terminar de abrir la ventana. ¿Por qué diablos el marido de Mere abría la ventana con el frío que hacía fuera?

─A la pareja de agentes que han venido a detenerte.

La brusca aspiración de aire de Peter casi apagó el sonido de su propia exclamación.

─¡¿Cómo?!

─Como sospechoso del homicidio de un joven celador.

─¿Qué? ¡Eso no tiene sentido!

Con gestos apremiantes Doyle indicó a Peter que recogiera su abrigo y se vistiera antes de volverse hacia él. La ventana estaba abierta de par en par.

─¡No hay tiempo de hablar, Rob! –gritó John al tiempo que sujetaba el marco de madera.

Peter ya estaba preparado pero él no. Estaba harto de huir. Harto de esperar.

─¡Yo no he matado a ese hombre! Tiene que haber un maldito error.

─Lo sé, amigo pero ahora no es el momento. No lo es –la mirada de John se desviaba continuamente hacia la puerta. Las voces se aproximaban─ Lo mataron en el Registro Civil. El mismo día en que acudiste a recabar información sobre Osborne.

            Por el rabillo del ojo se dio cuenta que, en silencio, Clive se colocaba contra la puerta de entrada actuando de tope. Evitando que cualquiera entrara al cuarto.

─Tu nombre aparece en el registro de entrada, Rob.

Sintió la sangre abandonar su rostro tras escuchar la frase de John y la palidez se extendió por la cara de Peter. No necesitaron intercambiar palabra alguna. Ambos pensaban lo mismo. El mismo día en que visitó el registro apareció la nota en su chaqueta. La nota de Saxton. Sólo él pudo meterla en su bolsillo por lo que también estuvo allí. Y sólo Saxton mataría a un hombre inocente para inculparle.

Apretó los dientes. Los agentes ya estaban al otro lado de la puerta.

Sintió cuatro pares de miradas sobre su rostro. Acuciantes y desesperadas. Dos de ellas, apremiándole para que escapara por la ventana. Otra de color gris, inmensamente testaruda. Hasta que él se lo dijera, Clive no se apartaría de esa puerta. Y una última, negra e insondable.

La cuarta esperaba reflejando un inmenso temor. Sencillamente esperaba su decisión y por ello quiso al hombre que amaba más que a su vida.

 

                        **********

 Hasta el siguiente os mando arrechuchones. Bego

2 comentarios:

María Guadalupe Bejar Bejar dijo...

Ahhhhhh! esto en vez de aclararse se está enredando mas todavía, que ganas de que pillen ya a Saxton
Cada vez me gusta mas la historia
Un abrazo

Raquel dijo...

¡Pero que intrigada me has dejado!
Me ha gustado mucho el capítulo. ¡Ahora a seguirte en Facebook!

Un abrazo