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OTROS LIBROS:

.Dos mitades en la oscuridad.
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domingo, 2 de junio de 2013

Capítulo 20 de "Amor entre las sombras"


Hola a tod@s: Tras una temporadilla algo liada ya estoy de vuelta. No sé al ritmo al que iré escribiendo la historia pero según vaya terminando capítulos los iré colgando en el blog, ¿vale? Lo único que sin fijar fechas por lo que aparecerán sin previo aviso, así me resultará más cómodo llevar el ritmo que puedo al escribir, ya que a veces no sólo depende de las ganas que tiene uno si no que la vida se complica un poquillo.

Bueno, pues nada allá va el cap 2º, con un poco de todo, incluso de Saxton, jejejje. Me alegro muuucho estar de nuevo de vuelta.

Muchos abrazos a todos y ojalá os guste. Bego.

 

Capítulo 20

                                 
         Los últimos detalles estaban atados. La reserva para mañana al anochecer de un reducido apartado en el restaurante elegido con minuciosidad, las golosas propinas al personal del mismo para evitar rumores indeseados y un selecto menú, acorde con la dama en cuestión. Sonrió satisfecho. El anzuelo estaba lanzado, aunque fuera en unos términos no empleados con anterioridad y la damisela parecía propensa a disfrutar de la noche. Una mujer interesante Jules Sullivan. Un pajarillo con una fuerza y pasión ocultas. Algo en ella le recordaba al Colirrojo Real. De aspecto delicado pero resistente. Era uno de sus secretos. Su afición por la ornitología. Envidiaba la libertad de la que gozaban las aves. Echar a volar sin mirar atrás, sin pesos lastrándote y su capacidad para desaparecer  sin un pasado que todavía duele al rememorar.

         Sólo Elora conocía lo que había tenido que hacer años atrás, al hablar de más una noche en que lo pilló algo bebido. La única ocasión en que permitió que lo viera bajo de defensas. Lo mucho que habían dolido las palabras de su hermana, lo mucho que la echaba en falta y el sufrimiento de saber que ella le odiaba con toda su alma, por razones equivocadas…

La protegía en la lejanía y con eso le valía. Desear  en su mundo era un juego de niños. Un juego con el que nada se ganaba salvo más sufrimiento.

Con un fuerte impulso se levantó de la mesa del despacho de golpe, tirando la robusta silla al suelo. Debía controlar su mal genio. Elora se lo repetía pero la ignoraba. Quizá por saber que ella acertaba de plano, que la muy brujilla le conocía mejor que él mismo. Condenada mujer… Maldita sea, no sabía lo que le estaba ocurriendo últimamente. Se sentía descontrolado e irascible. Apartó de su mente la preocupación que le roía las entrañas desde que Albus Drake fijó su mirada en su segunda al mando, para orientarla de nuevo hacia sus planes de seducción, su próxima cita y en la curiosa mujer que tanto le intrigaba. En contraste con el aspecto grácil de la señorita Sullivan, su instinto le hablaba de un carácter rebosante de fuerza y resistencia. De fuego y eso le atraía. Se hacía mayor y llegaba la hora de asentarse. Criar hijos e hijas. Quizá incluso formar una familia. Siempre que no se le adelantara algún otro hombre al olor de una hembra de provecho.

         Estiró los músculos de la espalda. Era realmente tarde y mañana tendrían un día duro. Arremolinó los albaranes de mercancías y sus correspondientes facturas, los informes de los hombres sobre lo que se cocía a diario en los bajos fondos, la información facilitada por sus espías, diseminados por la ciudad y se encaminó a la salida. Le eran suficientes unas pocas horas de descanso para mantenerse fresco. Siempre fue así desde crío. La necesidad de protegerte en una ciudad en que tu vida nada vale para otros, sin más protección que la de uno mismo, no da más opción que endurecerte para sobrevivir.

Tras un último vistazo atrás enfiló hacia el piso inferior. Los hombres acababan de terminar su ronda y en media hora cambiarían los turnos por lo que se aproximó en silencio para dar por finalizado el día,  como era su costumbre. La endemoniada conversación que escuchó al cruzar el salón preferido de los hombres para descansar tras un duro día, en el piso inferior del inmueble, le puso de mal humor.

-Ya debiera haber llegado el viejo Lucas, ¿no crees? La acompañó hace casi una hora, después de la reunión esa con las locas de atar. Otros días apenas tarda media hora.
-Suele hacer una pequeña ronda por el barrio de la jefa, desde que cayó el clan Bray. Ya sabes lo que dicen y los rumores que corren desde hace tiempo. Es demasiado jugosa como para no vigilarla.
-¡No hables así de la jefa, idiota!
-No digo que sea jugosa, hombre. Digo que si los otros clanes pudieran, la cazarían para tener al jefe pillado por los huevos.
Un bufido de incredulidad llenó el aire.
-No les serviría de nada. Marcus no negocia.
-Por ella lo haría, idiota, ¿acaso no lo ves?
Pero, ¿de qué diablos estaban hablando esos dos lerdos?
-¿Apostamos?
-No.
-¿Lo ves? Tengo razón. Pillado… por… los mismísimos.

El gruñido de admisión de uno de los memos pareció calmar los ánimos. Increíble. Supuestamente debían estar vigilantes, prestos a defender el nido y en su lugar estaban cotilleando como urracas. Estaba perdiendo el control desde que trataba con los Brandon, con Norris, con el de las pecas y cara de crío, con el de los ojos inquietantes y con el endemoniado club ese de las chifladas al que se había unido Elora, para su eterno cabreo. Joder, ya se estaba desperdigando sin fuste.Por un instante quedó inmóvil al otro lado de la entreabierta puerta.
-¿Qué ha dicho el viejo Sampson?
-Que se acercaba para asegurarse…
No se dieron cuenta que empujaba la puerta pero no tardaron en percibir su presencia.
-¡Jefe!
Los hombres se levantaron como resortes de sus asientos.
-Tenéis un minuto para explicaros.
-¡No está jugosa, jefe! Sólo sabrosa, pero ¡no para mí, sino para lo demás! ¡No nuestros demás! ¡Para el resto de los clanes! Jefe, no quería…

Dioses, que se le desmayaba el hombre. Frunció el ceño provocando una palidez mortal en Wigg, el hombre más chismoso de su organización. También un mago con las manos, las cerraduras especialmente difíciles de forzar y extremadamente leal. Un hombre que adoraba a Elora, aunque la definiera como… eso ¿Había dicho que estaba jugosa? Joder, que se encendía y se le iba la cabeza del monumental cabreo.
-Os queda medio… condenado… minuto.

El susurro de Wigg debió ponerle sobre aviso y el nudo que sentía en sus tripas desde hacía un par de horas debió indicarle que algo iba mal, pero desde hacía unas semanas evitaba pensar demasiado en Elora. Comenzaron a farfullar al unísono, trabándose con las lenguas pero alzó una mano para indicar a continuación al lelo de turno que continuara y callara el otro memo.
-Algo muy malo ha pasado, jefe. Me duelen las muelas y eso es una horrible señal.  Lucas no ha vuelto tras acompañar a la jefa y el viejo Sampson ha salido en su busca. Y, ¿si nos la han raptado?
-¿A quién?
-¡A la jefa, jefe!
-¡Respira y explícate!

Wigg aspiró la mitad del oxígeno acumulado en el salón y retomó la explicación con tan escaso sentido como el expuesto previamente.
-El viejo Lucas pasó por la casa de las señoras locas para recoger a la jefa, la trajo para buscar no sé qué, me dijo no sé qué más y minutos después la acompañó a su casa, como siempre.
-¿Y?
-Para esta hora ya debiera haber vuelto, jefe y hemos comenzado a inquietarnos por lo que el viejo Sampson ha salido en su busca. Yo iba a ir ahora. Para ayudar, si es menester.

Si estaba enclenque, por todos los diablos. Joder. Sentía un puñetero hueco en el estómago cada vez más amplio y las entrañas no le solían engañar. Como la brujilla se hubiera metido en otro condenado lío, le iba a dar algo. Esa mujer no tenía sesera en la cabeza.
-¿Y si ha sido Albus Drake, jefe?

Se le congeló el aire en el pecho. Observó a los dos hombres que esperaban sus órdenes sin respirar antes de girarse hacia la puerta de salida dando la orden de que ensillaran los caballos y reunieran un grupo de cinco hombres.

Esa noche iba a matar a alguien.

 

 

                                     II

 

         La oscuridad era completa y el olor le llenaba las fosas nasales. La humedad, la putrefacción y el frío le llegaba al fondo de los huesos. El mismo que le llenaba el alma o quizá se tratara de simple vacío que jamás supo de esas insignificancias que tanta importancia le daban los demás. La piedad, el amor, los sentimientos le eran ajenos y le agradaba que así fuera. Observó con atención el desfile de la docena de hombres que le acompañaban esa noche.        

El plan había dado inicio. El anzuelo lanzado con la vieja no tardaría en dar frutos. Atraería a uno de ellos. El otro tampoco tardaría en caer, sin tan siquiera imaginar el origen del peligro, tan cercano. No lo vería llegar con la preocupación llenando su estúpida mente. Sentía hartazgo al pensar en el policía del cabello rojo que acompañaba a su juguete a todas partes. Demasiadas vidas perdonadas. No le regalarían otra. Esa misma noche atraparían el tercer escollo para que su fuente de ingresos no se viera mermada.

Un pequeño connato de rebelión se había fraguado en la sesión de la Junta metropolitana convocada de improviso. Cinco hombres llenos de miedo y cobardía por sus seres queridos, inútiles y despreciables. El cariño debilitaba y el amor inutilizaba al hombre. Nunca sintió lo que definen como… amor. Le generaba curiosidad y jugaba con él y con sus consecuencias. Le divertía emplearlo en varias frases y apreciar el terror en los ojos de las víctimas.

¿Amas a tu mujer, a tus hijos? ¿Te gustaría que les arrancara la lengua, los ojos? Disfrutaba especialmente con su reacción a un me agrada enterrar vivas a las mujeres. Una claustrofobia inherente al ser humano debilitaba sus defensas y las destrozaba si mediaban ridículos sentimientos de por medio.

Dilató las fosas nasales. Era su imaginación pero una oleada de olor a él, le llenó la mente. Por un segundo estuvo tentado de mandar al traste su plan. Tan… cerca. El momento se acercaba. Como perrillos falderos habían seguido el camino de migas dejado cuidadosamente  tras sus movimientos. Si fallaba la primera fase, no dejaría al azar su captura. No permitiría nuevos desajustes ni molestas intervenciones de terceros. Supo que irían al Registro padronal. Lo que jamás imaginó fue que apareciera únicamente su juguete.

Resistir la tentación de hacerse con él fue, por primera vez desde que decidió que era suyo, extenuante. Seguirle de cerca, observarle repasar durante horas los libros registro, sin llamar su atención. Sentir que los dedos que debieran retirar su cabello del rostro eran los suyos.  Pasar a un metro de distancia bajo la atenta mirada del celador, ignorante del peligro que les rondaba. Oler el aroma que desprendía y que no conseguía olvidar. Rozar el costado de su camisa con las yemas de los dedos cuando creyéndose a salvo, se relajó desprendiéndose de la oscura chaqueta, mostrando a su ávida mirada el contorno de esa espalda. Esa espalda que era suya para marcar, para acariciar… Tan tentado a echarlo todo por la borda por tenerlo al fin.  

No tardarían en encontrar el cuerpo degollado del joven celador. Su familia no tardaría en dar la voz de alarma cuando no retornara a casa esa noche. Resultaba tan sencillo matar en Londres que se avergonzaba de sus habitantes y de sus fuerzas públicas.

Ese día pocos visitantes habían circulado por las vacías salas del Registro padronal y el último inscrito había sido Robert Norris. Un inspector de policía caído en desgracia. Que un simple celador fuera asesinado coincidiendo con su llegada, iba a levantar ampollas. Muchos se alegrarían. No indagarían en demasía porque ya tenían un culpable, ¿no? Tan obvio como que seguramente discutieron y al policía se le fuera la mano. Al fin y al cabo, los fantasmas no degollaban a los seres vivos.

Lanzó una suave carcajada que sobresaltó a la pareja de hombres que trasladaba uno de los cuerpos destrozados. Un ligero escalofrío de placer le recorrió la espalda al imaginar el rostro de su juguete al descubrir su regalo y se diera cuenta de lo próximos que habían estado por unos segundos. Entendería que era suyo. Entendería su promesa. Sus palabras. Las mismas que le susurró en el barco, antes de dejarlo atrás. Las mismas que sabía que no habría podido olvidar y que no habría compartido con nadie, ni siquiera con la maldita sombra.

Se tapó la nariz y boca con un pañuelo ligeramente perfumado. Siempre le había desagradado el olor de los cadáveres pasados unos días. Le estimulaba el de la vida escapando en el mismo momento de la muerte. Más allá, le aburría infinito. Un pálido brazo asomaba bajo uno de los sacos transportados. Tendría que dar orden de que los despiezaran en trozos más menudos para camuflarse con el resto de los desperdicios y emplear, sin  llamar la atención, unos de los más oscuros, siniestros y agudos modos de deshacerse de cuerpos humanos.

Era su reino. Con el que lo conseguía todo y que se negaba a perder. Ni siquiera por la insignificante campaña iniciada por un carnicero secundada por una pútrida revista.  Por una insignificante coincidencia,  el carnicero que habló de más y al que habían callado la boca, había enlazado aquello que unía a uno de los mayores y más prestigiosos hospitales de la capital del mundo conocido con el mercado de ganado de West Smithfield.

La petición firmada contra la expansión del mercado no podía y no debía prosperar y mucho menos la construcción de uno nuevo en Islington. Él se aseguraría de ello. Alan Osborne se aseguraría de ello. Ahora prefería regodearse con otras cosas. Cuando su juguete descubriera su regalo, sabría lo cerca que había estado de caer en sus garras. Sabría que lo había dejado escapar pero que nunca estaría a salvo. Enloquecería y también… la sombra. Entonces, quedarían expuestos y sería el momento de atacar. Se estaba excitando y ese hormigueo de anticipación comenzaba a recorrerle la sangre, las venas.

Un tropezón cerca del lugar que ocupaba le distrajo, molestándole sobremanera. Centró la mirada en el hombre que le era fiel.
-Señor, ya está el último mezclado con las carcasas.
-Bien.
-¿Esperamos a que llegue el paquete?
-No. Vendrá a mí por su propio pie.
-No entiendo, señor.
-Ni falta que hace, estúpido.

El inspector Scott Glenn reculó un paso como era de esperar. Despreciaba la cobardía. Ni que hubiera empleado la empuñadura de su bastón como en otras ocasiones. Las próximas horas iban a resultar una fuente de sorpresas para sus enemigos y él, mientras tanto, se regodearía en silencio.

 

 

                                      III

         El silencioso juramento del viejo Lucas le puso la piel de gallina. Era un hombre templado y observar la manera en que había echado mano a su cuchillo tras ubicarse junto al dintel de la puerta de entrada a la casa, la llenó de temor. Miedo por él, porque moriría antes de permitir la entrada de intrusos. Por ella, porque como el hombre que la miraba con una triste sonrisa, llena de advertencia y preocupación, pelearía hasta el último instante pero sobre todo porque su mundo, aquello que la hacía vivir, disfrutar, confiar y amar se encontraba protegido en el piso superior. 
-¿Viejo?
-Hazlo, niña y no mires atrás.
-No puedo dejarte aquí solo. No puedo, viejo.
-Los pararé todo el tiempo que pueda, Elora pero si suben, si oyes pasos subiendo las escaleras no seré yo, ¿entiendes?
El crujido de una rama al quebrar en el exterior la paralizó.
-Prométeme que…
-Lo intentaré, niña.

Por un segundo su mirada se detuvo en el enjuto marinero que la había cuidado y protegido desde que se unió a Marcus. En esa clara mirada rodeada de arrugas que la observaba como un padre miraría a una hija. Le dolió el pecho solo de imaginar la posibilidad de perderlo. De perder su fortaleza, la suave manera en que hablaba, sus consejos, sus discusiones con el viejo Sampson, el cariño que mostraba a unas criaturas que no eran sus nietos y sonrió, expresando todo el amor que guardaba dentro, casi siempre oculto a las palabras y a los gestos. No esta vez. El suave ladeo del viejo rostro y la leve sonrisa en los cuarteados labios la calmó. El apenas perceptible gesto de asentimiento no necesitó de una contestación.
-Ahora sube con tus pequeños. Te necesitan.

La tensión que acompañaba a las palabras del viejo Lucas, le hizo abalanzarse en dirección al piso superior. Al cruzar la puerta de la cocina le pareció escuchar el crujido de un tablón al combarse con el peso de algo y sus latidos se dispararon, descontrolados. Sus pequeños estaban arriba. Solos. Se levantó las faldas y casi resbaló. Alzó la mirada hacía el rellano del primer piso. Salvo la suave lumbre que despedía el candelabro que tenía costumbre de dejar en lo alto de la estrecha escalera, nada parecía moverse. Ni una mota de polvo.

Otro crujido. Más suave. Más inquietante… Le dio igual hacer ruido, avisar de su llegada. Debía llegar hasta ellos. Debía… Tropezó con el escalón al engancharse el pequeño tacón del botín y cayó de rodillas. Sintió un aguijonazo de dolor pero nada le detuvo. Apenas respiraba. No podía. Sencillamente… no podía. Sólo sentía el retumbar de los latidos de su corazón en los oídos, apagando todo lo demás. Alcanzó el último escalón y se aferró a la baranda apretando con ansia los dedos hasta que quedaron sin circulación. La puerta de la habitación de sus pequeños estaba entreabierta y ella nunca la entornaba. Siempre la dejaba abierta de par en par, por si la necesitaban durante la noche, por si su Evan lloraba cuando el dolor resultaba imposible de calmar o por si su Katie aferraba de su manita a su gemelo y ambos se dirigían a su cuarto para arrebujarse bajo las sábanas con ella y sentirse seguros por unas horas. Tantas noches de dolor y lloros…

         Dio los pasos que le separaban del rellano a la puerta del cuarto de sus niños. Una parte de ella sintió terror de empujar la puerta y encontrar la camita vacía. No sobreviviría si alguien se llevara a sus niños. No lo haría… Observó la manera en que las yemas de sus dedos se apoyaban contra la madera. Lentos y temblorosos. En su mano izquierda empuñaba su puñal y ni siquiera se había dado cuenta del momento en que lo había sacado de la fina funda que rodeaba su pierna. Al tropezar, quizá. Desde el piso inferior no llegaba ni un ruido fuera de lugar pero no podía pensar en el viejo Lucas. No ahora.

         Un ligero toque de sus dedos empujó el peso de la madera. Aguantó la respiración. No estaban. Dios… no estaban. Por un segundo la oscuridad lo envolvió todo. El cuarto, el pasillo, sus alrededores… Su mundo al completo. Se ahogaba. Las manos le temblaban y por un segundo sus extraviados ojos se centraron en el filo curvo del cuchillo. Una milésima de segundo. Con avidez repasó las paredes, los muebles, lugares donde esconderse. La poca luz que se filtraba dada un aspecto tan tenebroso al lugar que por un momento lo odio. Sentía un grito desgarrador pugnar por salir pero ni eso conseguía. Se sentía completamente paralizada y la boca tan seca.

         Otro crujido. Dios santo… Provenía de su propia habitación. No supo cómo logró moverse. Tan sólo que se encontraba en pie bajo el marco de entrada a su cuarto, en completo silencio, apenas respirando y empuñando de forma obsesiva el puñal. Las piernas se le aflojaron al observar una silueta oscura al borde del lecho. El aire no circulaba. Era enorme y algo en ella destilaba peligro.  La voz se le congeló en el fondo de la garganta. Las dos cabecitas rubias permanecían posadas, muy juntas, en la almohada. La sensación de pérdida de fuerza, de ir caer arrodillada al suelo la invadió por un momento…
-¿Y si fuera un ladrón, Elora? ¿O un asesino? Quizá, ¡un violador de viudas descuidadas y jugosas!

Parpadeó. Varias veces, con fuerza. Se frotó las cuencas de los ojos para asegurarse de que la imagen que le regalaban sus retinas no era fruto de su desatada imaginación. Las ganas de llorar fueron tan inmensas, por un mero segundo, como las de gritar a pleno pulmón y por una milésima de éste estuvo tan tentada de lanzar el cuchillo en dirección al energúmeno que acababa de darle el mayor susto de su vida, que la mano tembló alrededor del suave mango. Quizá se le clavara en el redondo trasero y merecido lo tendría, el muy… el muy ¡energúmeno! Con los musculosos brazos cruzados Marcus se encontraba en pie junto al lecho, sobre las tendidas figuras de sus pequeños. Ligeramente encorvado como si, de ser necesario, hubiera de protegerlos.

Las paredes dejaron de moverse aprisionándola y el aire que circulaba en la pequeña habitación llenó su pecho. El temblor de sus manos persistía pero iba disminuyendo con lentitud. Le resbalaba la mente debido al susto ¿Acababa de llamarle rugosa? ¿A ella?
-Te mudas a mi casa, mujer. Hoy mismo.

Lo intentó pero no le salieron las palabras. Ni una. No le iba a perdonar en una buena temporada. Ni el susto ni que la insultara delante de sus niños. Abrió la puerta de un empujón hasta dejarla completamente despejada dando a entender al hombre que saliera de inmediato de su aposento ya que tocaba tener una discusión de mil pares de demonios, pero una vocecilla diminuta clavó a Marcus en el sitio, tras avanzar un paso en su dirección con el ceño y labios fruncidos. Su Katie adoraba a ese hombre, cosa que le era completamente incomprensible. Sobre todo teniendo en cuenta que desconocía todo lo relativo al mundo de los niños, salvo el llamativo hecho de que Marcus mostraba cada día más aspectos infantiles en su proceder.
-¿Tío Marcus?
-Hola, sapito. Vine a llevaros a casa.

Lo iba a estrangular. En cuanto los niños no estuvieran delante ¿Cómo era posible que semejante bruto empleara tanta suavidad al hablar, al moverse, al gesticular cerca de su hija y a ella la llevara por la calle de la amargura, la asustara, la abroncara y la llamara rugosa?
-¿También a Evan?
-Claro, cielo. Vais juntos. Los hermanos han de estar… siempre juntos, sapito.
Elora se desinfló ligeramente al percibir la melancolía en esa voz grave. Condenado hombre que la enfurecía y enternecía a la vez.
-Despierta a tu hermano, Katie y haced un hatillo con algo de ropa. Más adelante recogeremos el resto.

¡Ya estaba el hombre dando órdenes sin ton ni son! Susurró con fuerza para que su niña no se asustara.
-Ahora deben dormir y no son horas de cambios o traslados o lo que sea que tengas en mente que seguro que…
-¿Por qué, tío Marcus?
Increíble. Su propia hija la ignoraba en cuento aparecía por la esquina la figura del bruto.
-Para que vuestra mamá descanse un poco de tanto ajetreo innecesario.

El y de paso, yo también le pasó inadvertido a su hija pero no a ella. Esto era el colmo ¿Quería pelea? Acababa de encontrarla.
-No le hagas caso, cielo. El tío Marcus chochea algo. Desde hace un tiempo. Nada que una larga pero extremadamente larga conversación no cure.

Si las miradas abrasaran, los ojos verde azulados de Marcus hubieran despedido llamaradas y ella sería un amasijo de cenizas a sus pies. Le daba igual ¿Acaso no era cierto? Su comportamiento se asemejaba a un gallo de corral con demasiadas hembras cacareando y él correteando de aquí para allá sin pararse a pensar que debía dar ejemplo. A ella, a sus hombres y de paso a sus niños ya que era la única figura masculina que les servía de ejemplo.
-No… chocheo.
Fue a contestar pero su bendita hija se le adelantó.
-Mamá dice que chocheas todos los días con la linda dama de los ojos gruandes, tío Marcus -Ay, Dios mío. Eso le pasa por murmurar en alto cuando se sentía agobiada o inquieta. Olvidaba que los niños lo repiten todo- Y que tienes la colita desfontrolada y además, atontolada. Pero yo le digo que no tienes pelo largo, tío Marcus. Que no tienes cola de caballo pero mami dice que sí sólo que en otro sitio ¿Qué sitio, tío Marcus? También dice mi mamá que…

El brusco giro en la regia cabeza masculina en su dirección, la puso extremadamente nerviosa generando una mueca histérica en dirección al hombre que se veía...  furioso. Qué horror, debía parar a su pequeña antes de que Marcus entrara en combustión espontánea.
-¡Cielo!
Los redondos ojos de su pequeña se volvieron, curiosos hacia ella.
-¿Lo he decido al revés, mamá?
-No, cariño -¿había sido eso que acababa de sonar cerca un gruñido?- Bueno, un poco, mi amor pero es culpa mía y se dice, he dicho.
-¿No he decido eso, mamá?
-No, cariño pero ahora da igual. Ahora y por esta vez, vamos a hacer lo que dice el tío Marcus. Hoy no chochea demasiado, sólo una pizca de nada- otro gruñido- Casi inapreciable.

Sí. Había sido un gruñido lo de antes. Muy semejante al que acababa de emerger de ese cuello. La inmensa figura permanecía de brazos cruzados a unos pasos de ella, sin apartar la encendida mirada,  por lo que se alejó. Se asfixiaba con su cercanía.

         Dio gracias al cielo, a todos los santos y santísimos por el milagro de escuchar unas pisadas que reconocería en el mundo entero ascendiendo las escaleras. El viejo Lucas acompañado del viejo Sampson. Sus protectores y barreras frente a la ira de Marcus.
-¿Jefa?
-Aquí. Pasad.
Lo hicieron y tras fijar la mirada en Marcus, se cuadraron como un pelotón de fusilamiento.
-¡Jefe!
-Ya hablaremos más tarde, sin oídos infantiles curioseando en el horizonte -Los hombres palidecieron, cuando menos, un tono de piel en cuanto Marcus se giró en su dirección- Elora y los niños se trasladan a mi casa. Esta misma noche.
-Pero, jefe…
El ceño fruncido de Marcus duplicó en profundidad.
-¡Qué!
-No podemos irnos ahora y mucho menos que la jefa se instale en la vivienda de un soltero y notorio mujeriego. Surgirán las habladurías y  Elora perdería todas sus posibilidades- murmuró el viejo Lucas tras cruzar una extraña mirada con Sampson.

¿Pero de qué rábanos parloteaban ahora los viejos? Fue a rugir pero una carita preciosa con unos ojos castaños iguales a los de su hermana asomaron por la parte superior de los ropajes que cubrían el colchón. Unos ojos que permanecían clavados en él. Diablos, no podía gritar. No con los críos de Elora delante. Se asustarían y le mirarían con pavor. Una inquietante opresión se hizo hueco en su bajo vientre, Se estaba encariñando demasiado con ellos y eso únicamente acarreaba problemas y disgustos. Los pequeños no eran suyos. No les debía nada. No… ¡Maldición! Aspiró profundamente porque estaba cabreado, porque su mujer era una insensata algo torpe y descuidada que necesitaba un buen bufido para corregir su desastrada existencia y porque… ¡Joder! ¿Acababa de referirse nuevamente a Elora como su mujer? Era todo culpa del condenado club de cotillas ese que metía ideas raras en la mente de su segunda al mando. Esas historias truculentas distraían a Elora. La maldita posibilidad de que su gemela estuviera viva la obsesionaba y sus esfuerzos por hacerle entender que había momentos en la vida en que era necesario dejar el pasado atrás, se desvanecían de un plumazo con cada idea que surgía en esas endemoniadas reuniones semanales ¡Condenado grupo de cotorras aventadas! Diablos, ya se estaba desviando del tema.

Sin perder de vista a la redonda figura que no se acercaba a menos de un par de pasos, se volvió hacia sus hombres quienes mostraban una más que sospechosa sonrisa de extrema satisfacción en sus semblantes. Por alguna extraña razón un escalofrío le recorrió la columna vertebral. El viejo Sampson se aproximó hasta quedar cerca y susurró algo que no llegó a entender, casi como si hablara con precaución. Ni que fuera un ogro al que temieran dirigirse.
-Vocaliza, viejo.

¿Por qué demonios se miraban los condenados como si fueran a hacer estallar un cargamento de pólvora y carecieron de lugar alguno tras el cual parapetarse?

  Elora suspiró al observar que los viejos lobos de mar distraían a Marcus con su histérico parloteo. En contadas ocasiones había contemplado tan furioso a éste y no terminaba de comprenderlo. Furioso y al mismo tiempo tratando de disimularlo en presencia de los niños, con evidentemente, nulo resultado.
-Mami, el tío Marcus tiembla y te mira raro ¿Por qué…?

Dando un rodeo y tratando de evitar a la fiera, Elora depositó el dedo índice sobre los labios de su pequeña y a continuación un suave beso en la frente de Evan mientras al otro lado del cuarto las voces comenzaban a elevarse. Bordeando el lecho y sintiendo la llameante mirada en la nuca, se encaminó a la cómoda en la que guardaba la ropa de sus pequeños. Tiró de la manilla y frunció el ceño. Un sobre color crema lacrado con un sello muy elaborado, centró su atención. Ella no había puesto ahí eso ni le sonaba el elaborado dibujo que presentaba. Por un segundo dudó mientras la conversación seguía a su espalda. Algo sobre que si ella se mudaba esa noche, sus planes se irían al traste y no les daría tiempo a avisar a su estupendo y ricachón pretendiente.

         ¡¿Su… qué?!

         Olvidó el inquietante sobre. Olvido el sudor frío que por un momento le recorrió la espalda y el nudo en el estómago. Olvidó lo que tenía en la punta de la lengua y se giró para topar sus ojos con el enorme pecho cubierto de Marcus a un palmo de su nariz. No alcanzaba a ver a los viejos ni a sus niños porque todo, absolutamente todo su campo de visión quedaba oscurecido por el cuerpo masculino ¿Respiraba ligeramente rápido ese pecho? Con lentitud alzó la mirada por la  oscura camisa de lino, hasta en fuerte cuello, que quedaba al descubierto a través del pico que formaba la entreabierta camisa para seguir su lento camino por la cuadrada mandíbula apretada y cubierta por un incipiente principio de vello hasta llegar a esos bien formados labios. Dudó si seguir o no, pero lo hizo. A mala hora. Se acababa de meter en medio de un charco de arenas movedizas. Hondo y del que dudaba que fuera a escapar indemne.
-¿De qué condenado pretendiente hablan, Elora?

 

                   ……………………………………………….

 

         Le despertó el rayo de sol que le daba justo en medio del rostro. El resto del cuarto permanecía en penumbra pero como el gafe era su íntimo amigo, ya ni se molestaba en refunfuñar. Mucho menos al notar la ligera inclinación del lecho causado por el peso del grandullón. Dioses, le había dejado para los lobos. Saciado, agotado y amado por los cuatro costados.  Y algo dolorido.

         Le hubiera encantado que la escasa luz que dejaba filtrar la cortina le permitiera contemplar al detalle la figura dormida. Ahora que lo pensaba, jamás había disfrutado de unos momentos para deleitarse sencillamente recorriendo con la mirada al hombre que dormía a su lado. Captar un momento en el que dejara de lado la tensión. Ocupaban toda la extensión de la cama en una postura en cierto modo extraña. Ambos boca arriba. Ambos con las cabezas apoyadas en la almohada, ligeramente inclinadas hacía el interior como buscando la mirada del otro. Con las piernas estrelazadas, los costados rozándose y el peso de la mano de Peter sobre su bajo vientre, relajada. Casi como si se hubieran hecho sin dificultad a un espacio compartido. Quizá se debiera a la costumbre de Peter de invadir su espacio de continuo, quizá a que ya nada le extrañaba en su relación, quizá a que sencillamente le encantaba sentirle cerca.

         Con el dedo índice acarició la palma de la mano que reposaba sobre su estómago, recorriendo las líneas que la surcaban. Aquellas que las cíngaras decían que marcaban el futuro, largas y profundas en la piel Lo sintió de inmediato. El suave movimiento del despertar, la apenas apreciable contracción de la mano y la traviesa sonrisa en esos llenos labios. Se giró hasta quedar tendido sobre el costado derecho, entrelazando los dedos de Peter con los suyos. La sonrisa de esa boca se incrementó. Dioses… se moría de la intriga por lo que estaría pasando por esa increíble mente.

-¿Qué?

Un sonido que lo llenó de calor manó del pecho del hombre que amaba más que a su vida. Con las yemas de tres dedos pegó un suave empujón a la robusta cadera cubierta por la sábana.

-¿Me lo dices voluntariamente o te lo saco a besos?

¡Diablos! ¿Cómo era posible que tras años de amistad ese condenado hombre lo siguiera sorprendiendo? Como un crío Peter había acercado la cabeza a la suya y ahuecado los sonrosados labios para dar a entender que optaba por la segunda opción. No se hizo de rogar. Dudó sólo un segundo. Alzó la sábana y de un fluido movimiento se colocó encima de Peter con los muslos a ambos lados de su cuerpo, sorprendiéndole por la breve exclamación que salió de esos condenados labios. Se dejaba hacer. Joder, le volvía loco sentirlo como suave manteca bajo sus manos. El calor de las palmas de Peter le cubrió ambos lados de la cintura. Dejó caer su peso de golpe sintiendo cada contracción de los músculos bajo su propio cuerpo. Apoyó los codos sobre su pecho, enmarcando ese rostro con sus propias manos y cumplió lo prometido. Sacarle la información a besos. Suave el primero. Labio cerrado contra labio cerrado. Sólo una levísima presión antes de alzar suavemente la cabeza para distanciarse lo suficiente para ver la expresión en esos ojos negros. Sentía el roce de esos calientes dedos comenzar a deambular por su espalda y trasero, apenas unas cosquillas. Apenas una caricia.

-Dímelo, Peter.

Una condenada risa rebotó contra su propio pecho por lo que le pellizcó el costado  de Peter provocando que encogiera las piernas bajo su cuerpo lanzándolo hacia adelante. Sería cabronazo. Del impulso aprovechó para aferrar su cabeza con sus manos, sujetándola con firmeza. Ya no eran besos suaves. No lo eran. Eran… hambrientos. Era… desesperación. Pasión. Era… amor.

Sus cuerpos se reconocían, casi como viejos amantes y eso no parecía posible pero lo era. Los lugares sensibles, la zonas que provocaban que te tensaras sin remedio, ese único punto bajo uno de las costillas de Peter que le provocaba cosquillas, el choque de sus entrepiernas, la sensación del vello de sus muslos rozándose, la fricción, el calor, esa caricia final que lograba hundirte en sensaciones olvidando las preguntas que acababas de hacer, la curiosidad por saber de qué se reía. Terminaron en el maldito suelo rodeados de las ropas de cama, sin saber cómo habían llegado ahí. No recordaba haber caído, ni el frío del duro suelo, ni el golpe al caer. Estaban perdidos en un mundo de sensaciones. Calientes, asfixiantes, dulces, bruscas, roces buscados y encontrados, caricias instintivas. Con las respiraciones agitadas y agotados, de vuelta en el leño entre risas, trompicones y besos húmedos se le formó un nudo en el pecho. Nadie los quitaría lo compartido. Nadie. Ni siquiera Saxton. Pese a sus palabras y el roce de su mano en su rostro antes de inclinarse para susurrar su veneno al oído, antes de rematarle con ese maldito golpe que impidió que tratara de evitar su huida. No podía permitirlo. No…

Una leve caricia se deslizó por el puente de su nariz. Sorprendido alzó la mirada para enfrentarse a la oscura.
-¿Qué pasa, canijo?
Dios… No podía decírselo. No… podía.
-Nada.
-Venga ya. Tenías la mirada perdida y el ceño fruncido. Es él, ¿verdad?

El aire se le atoró en el pecho y se incorporó hasta separarse del costado de Peter. Necesitaba espacio. De repente sentía que debía alejarse o quizá fuera que no podía pensar en Saxton cerca de Peter.
-Contéstame.

¿Por qué diablos tenía que ser tan terco? Terminó de incorporarse hasta quedar su espalda contra la cabecera de la cama. Aferró las sábanas y se tapó hasta la cintura en un gesto que Peter sentiría como de rechazo o de ocultación y no le faltaría razón, en parte.
-¿Qué te dijo en el jodido barco?

¡Maldita sea! Observó cómo Peter se izaba, dejando atrás la postura relajaba que había mantenido a duras penas, quedando arrodillado y desnudo como Dios lo trajo al mundo frente a él. Cerca, muy cerca. Demasiado. Encogió las piernas para evitar tocarlo porque si lo hacia perdería la poca fuerza de voluntad que le quedaba.
-Nada de importancia.
Los negros ojos se entrecerraron.
-No me mientas, Rob. No lo hagas.
-¡No lo hago!
-Entonces dime porque rehúyes mi mirada.

La clavó en la suya retador y vio en esos oscuros pozos dolor e incertidumbre. Inseguridad. En el hombre más duro y seguro que había conocido en la vida y lo estaba provocando él, pero Peter no lo entendía. Era la única manera de protegerle si algo iba mal, la única manera de mantenerlo a salvo lejos de ese enfermo. Y lo haría, por Dios que lo haría llegado el momento aunque se lanzara de cabeza al infierno. Por él haría cualquier cosa, incluso aceptar la oferta de ese enfermo y eso jamás debía saberlo Peter porque trataría de impedirlo. De la misma manera en que, en caso contrario, haría él. Porque se querían. Por eso callaría. Por eso se tragaría la bilis que le subía por la garganta cada vez que recordaba lo ocurrido, cada vez que pensaba en la mera posibilidad de que ocurriera lo que más temía. Que las palabras de Saxton se cumplieran.

         Con un brusco movimiento y pillando desprevenido al hombre que no apartaba la mirada se destapó y quedó sentado al borde del lecho. No podía mirarle.
-No lo repetiré de nuevo, Peter. He dicho que nada.
-Mientes.
Joder.
-Si miento es asunto mío, ¿no crees?
-Y un cuerno, Rob. Si tiene que ver con Saxton entonces…
-¡No pronuncies su nombre!
Un brusco apretó en el hombre izquierdo le obligó a girarse en dirección a Peter.
-Pero, ¿qué diablos te pasa, Rob?
Sacudió el hombro con fuerza pero la mano no cedía un ápice.
-No… quiero… pelear, Peter, pero lo haré si me provocas.
-¡Dejaré de hacerlo cuando hables de una puta vez!
-¡No me grites!

Se encontraban en medio de la habitación como fieras, a grito pelado. Él completamente enrojecido, respirando con dificultad y Peter con todo el aspecto de ir a explotar con la siguiente frase que no le gustara por la manera en que entrecerraba los ojos ¡Diablos! Y como Dios los trajo al mundo. Era tonto después de la noche que había pasado y lo que habían compartido pero sintió la necesidad de taparse con las sábanas que habían quedado apartadas en el lecho. Tras acercarse dos pasos, la aferró y se envolvió la cintura. La sorna en la voz de Peter no tardó en aparecer.

-No es por nada, canijo pero lo he tocado, acariciado y lamido todo. Creo que también… incluso mordido. Es algo tarde para taparse, ¿no crees?
-¡No es por eso! Ya lo sé sin necesidad de que me lo recuerdes y no hace falta decirlo en voz alta, Peter.
-¿Ah, no?
-¡No!
-Quítatela, entonces.
-¡¿El qué?!
-Tu repentina recién estrenada falda.

Lo observó con atención por si se estaba riendo de él pero el semblante de Peter nada traslucía salvo mortal seriedad.
-Estoy bien así.

Por un breve segundo le dio la impresión de que se iba a abalanzar sobre él y arrancársela por lo que afianzó su amarre con una de sus manos y entrecerró los ojos retándole a que lo intentara. La pelea sería de las de no olvidar en décadas. Un paso hacia delante de Peter provocó uno suyo hacia atrás y que separara las piernas buscando un mayor equilibrio.

La tensión duró un segundo. No más. Soltó la respiración al observar cómo Peter se dirigía al ventanal y descorría las cortinas dando paso libre a la luz del sol que lo inundó todo. Tragó saliva. Dios santo, era hermoso. Desnudo y sin un ápice de vergüenza en ese musculoso cuerpo que se movía con una gracia innata al pasar a su lado, casi rozándole. Exudaba poder y sensualidad. También… enfado dirigido a él. Apenas tardó tiempo en vestir su oscuro pantalón junto con una de sus camisas blancas mientras él se sentía incapaz de hablar, de cortar ese silencio que parecía haberse instalado entre ellos. Pesado y doloroso. Casi se le cerró la garganta antes de romperlo.

-No es algo de lo que pueda hablar, Peter -Los bruscos movimientos del hombre que quería para calzarse se detuvieron de golpe- No me preguntes de nuevo porque no puedo contestarte.

La inmensa espalda quedó rígida antes de hablar entre dientes.
-Vístete.
-Peter…
-He dicho que te vistas.

         Sentía opresión en el pecho, en el bajo vientre y en las sienes. No terminaba de entender cómo la noche más maravillosa de su vida se había convertido en una maldita pelea seguida de un enfado de campeonato. Ni siquiera desde la lejanía les permitía vivir tranquilos Saxton.

         Se aproximó a Peter para coger la ropa que permanecía alrededor de la cama, tendida en el suelo. Soltó la estúpida sábana que todavía vestía y sintió la mirada de Peter en las suaves marcas sobre su espalda, su cintura, sus muslos. Su trasero. Caliente, recorriéndole. Las mismas a las que se había referido hacía unos instantes. El recuerdo de una noche maravillosa. Aspiró con fuerza y agarró los calzones. Se sentó sobre el borde inferior de la cama mientras Peter permanecía sentado a uno de los lados, casi sintiendo el calor que desprendía con su cuerpo y con esos ojos como pozos. Con rapidez deslizó la prenda por sus piernas hasta acomodarla para colocarse de seguido el pantalón. La camisa y el resto de los ropajes estaban junto a sus pies. Se inclinó y agarró la primera para detenerse al observar que algo blanquecino sobresalía del bolsillo de la chaqueta. Parecía el extremo de una hoja.

         Se volvió levemente en dirección a Peter y sus miradas se cruzaron. La de Peter se tornó interrogante antes de levantarse del lecho y acercarse a él. Instintivamente había presentido algo y a veces esa capacidad de Peter de reaccionar lo admiraba. Otras, casi lo asustaba. Extendió el brazo y agarró lo que le había llamado la atención. Una carta doblada. No lo terminaba de entender. Ël no había guardado nada en su bolsillo y tampoco había dejado nada olvidado ya que tenía la costumbre de revisar si portaba algo antes de salir de casa por las mañanas. Su corazón comenzó a retumbar en sus oídos.

         Parecía una carta. Sencilla y alargada, de color crema. Estaba abierta por lo que alzó el borde para llegar a su contenido. La desdobló sintiendo la tranquilizadora presencia de Peter a su lado y de inmediato palideció al escuchar la brusca aspiración de aire en la figura que se había tensado a su izquierda. El encabezamiento escrito en una elegante caligrafía le congeló las entrañas y la sensibilidad de sus manos. Sus dedos soltaron la hoja hasta que cayó al suelo, completamente abierta, mostrando esas odiadas palabras a la mirada de ambos.



         Querido juguete

 

                   ……………………………………………………

 

10 comentarios:

Selda dijo...

¡¡¡¡¡Que me vais a matar !!!!!!!!!!
Mañana lo vuelvo a leer y te envío un email no,una carta....
P.S. tiemblo de miedo del enfermo ese !!!!!

Keyar dijo...

Gracias, mil gracias por continuar con la historia...Amo a los bombones y ya los echaba de menos. Aunque como terminó el capi casi me da un ataque. Ah! mujer cruel que nos haces sufrir, pero igual te quiero así que please, continúa pronto con los siguientes capis antes que me de un soponcio...

Saludos

Keyar

Raquel dijo...

Hola Bego,
¡Qué ganas tenía de seguir leyendo la historia de nuestros bomboncitos! Como siempre me ha encantado el capítulo.
Besos

Silvia dijo...

Jo...er!!
No debería ser legal dejarnos con semejante intriga y para más inri, lo has hecho con nocturnidad, premeditación y alevosía!!
En fin, qué voy a decir..
Marcus cada vez me gusta más y entiendo lo que le pasa. Está confundido con Jules, pues siente esa curiosidad morbosilla por conocerla, es la "novedad". Nada como unos buenos celos que le abran los ojos y le desvíen la mirada hacia quien siempre ha estado ahí...
El asqueroso de Saxton está cada día peor... y pensar que ha estado taaaan cerquita de Rob... ains! llegan los problemas... la oscuridad se cierne sobre nosotros de nuevo. Dios nos pille confesaos!
Sublime la vuelta. Tampoco es que esperara menos.
Un abrazo y hasta el siguiente!!

Mimi Giordano dijo...

Grata sorpresa me he llevado cuando me percaté que habías subido capi nuevo, pero...

¡Madre mía! ¡Vaya capítulo!

Me has dejado con ganas de más, mucho más. Y con los nervios de punta. Creo que no podré teclear para el próximo comentario del dolor en mis dedos por no dejar de morderme las uñas, jejeje.

Gracias por volver. Me alegra saber que todo ha salido bien.

Cuídate. Cariños, Mimi.

Anónimo dijo...

Hola:
Q decir q ya no hayan dicho las demás!!!por Dios! menuda vuelta!!!ni un dia de felicidad les das a nuestros bomboncitos????...ainsss... q mala!!!y como nos dejas con ese final!!!!
Me alegro de tu regreso y q las cosa vayan ya mejor!
Besotes
Josu

Verónica dijo...

Todo lo que dijeron antes y más mucho más....
eres adivina niña!!!!!!!!!! Siempre te apareces en el momento justo... Tú que pasaste por médicos y demás con tu seres queridos sabes que feo que es todo eso y en estos días me toca a mí con una muy querida amiga, entre idas y venidas a la clínica en esos ratos feos en los que te enojas y desenojas con el de arriba entré a internet y oh sorpresa!!!! Mi amiga, la que conjura letras en forma mágica, nos regaló un nuevo capítulo de su historia...en otro momento te recriminaría que fue con nocturnidad premeditación y alevosía como dijo Silvia, porque ni un aviso nos diste... niña que ya estamos grandes para estas sorpresas... pero hoy te doy las gracias porque no solo me hiciste reír a mí sino a mi amiga, que Dios sabe lo escasa que anda de risas últimamente. Como verás no pierdo la costumbre de leer tus historias para todo el que quiera escucharme, como ya me han dicho más de una vez nací en el siglo equivocado, no sabes lo que disfruto leyendo para otros y espiando en sus caras todo lo que la historia les provoca, lo dicho una costumbre del siglo pasado.
Como siempre la mejor niña, la mejor... escribe cuando quieras con la seguridad que tus fieles seguidoras estarán a la caza de tu nuevo conjuro literario, un abrazo enorme desde este lado del océano.

Inda villa bejar dijo...

Ay Dios!!!!! menuda vuelta, me has dejado con la boca abierta....A Marcus le hace falta que le den un poco de celos para que se entere de lo que tiene al lado jijiji....Con los bomboncitos es todo tan intenso que me abruma y pensar que el tal Saxton estuvo a su lado y no se dio cuenta, esa intriga me pone nerviosa y ansiosa por saber mas y sobre todo por saber lo que le espera a tipejo que les quiere hacer la vida a cuadritos.....Bueno que no me enrollo mas que espero que pronto nos digas que les pasará a nuestros prota

BESOS Y ABRAZOS
(adala)

María Guadalupe Bejar Bejar dijo...

Perdón, en el comentario que hace Inda villa bejar, lo hice yo sin darme cuenta que estaba con el perfil de mi hijo jijijiji, tan estusiasmada estaba que no me di cuenta jejejeje
Besos

bego dijo...

jjejejejje, aver, chicas.... que soy la mala malísima. No pidáis peras al olmo. Os mando un abrazo apretujaoooo a tooodas y muchas gracias por leerlo y por dejar los comentarios. Si es que levantáis el ánimo a cualquiera, ainssss y me alegro montones que haya conseguido sacaros unas risas en momentos durillos. Eso es lo que más ilusión me hace.

Muchos besos y abrazos!!!!